Archivo de abril 2011
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.
Eduardo Galeano. El Libro de los Abrazos.
Con gran emoción recibo el Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado, convocado por el Sindicato de Periodistas de Andalucía, con el apoyo del Ayuntamiento y la Universidad de Córdoba.
No conocí a Julio pero varios de mis mejores amigos fueron compañeros suyos durante el tiempo que pasó en Estados Unidos y he pedido a uno de ellos, el gran periodista Alfonso Armada, que me escribiese un pequeño perfil que voy a leer a continuación:
“Compartí con Julio algunos de los momentos más divertidos y luminosos de mi trabajo como corresponsal de ABC en Nueva York. Julio aparecía siempre impecable, con su camisa y su corbata en estado de revista, siempre de buen humor, con una sonrisa de oreja a oreja y la ironía bien afilada. Hacía mucho más llevaderos desayunos y ruedas de prensa, desfiles de moda y noches flamencas. La noticia de su muerte a las afueras de Bagdad nos dejó mudos, desencajados. Aunque las empresas periodísticas jueguen y practiquen la guerra de trincheras económicas e ideológicas, entre los corresponsales acreditados en Nueva York y ante las Naciones Unidas había una camaradería que pasaba por encima de manchetas y camisetas.
Queremos tanto a Julio. Lo quisimos y lo seguimos queriendo”, acaba diciendo mi amigo Alfonso Armada.
Siempre que regreso a Córdoba recuerdo mi primer viaje en tren que empezó en la vieja estación de esta ciudad. Tenía tres años. Mis hermanos pequeños saltaban de alegría. Se iniciaba una gran aventura. Barcelona era nuestro destino. Yo miraba las lágrimas de mi madre. Nos íbamos para siempre. Tardé en regresar casi dos décadas a mi ciudad natal, pero les juro que siempre he sido del Córdoba.
Nunca olvidaré la temporada 1964-1965. No sé si ustedes lo saben, pero el Córdoba tiene un record muy difícil de batir. En aquella temporada, una de las ocho que jugó en la Primera División, sólo recibió dos goles en los 15 partidos que jugó en el Arcángel, uno del gran Di Stefano cuando jugaba en el Español, y otro en propia puerta, de Ricardo Costa, contra el Zaragoza. Nadie le ganó en su estadio y quedó quinto en la Liga. Inolvidable.
Cuánto lloré cuando en la temporada 1971-1972 el Córdoba bajó a Segunda División con Kubala de entrenador. Tenía doce años y ya he superado el medio siglo. El año que viene hará 40 años. Por favor, señor alcalde, haga el milagro y regrésenos de nuevo a la Primera División. Es insoportable esta condena eterna.
Quiero felicitar a la corporación municipal por bautizar dos plazas de Córdoba con los nombres de Julio Anguita Parrado y de José Couso. Ustedes han honrado a sus familias y han dignificado el mandato electoral.
Qué diferencia de actitud si la comparamos con la del gobierno de la nación, la fiscalía general de la nación o la fiscalía de la Audiencia Nacional.
Entre bastidores los altos cargos políticos y judiciales de nuestro país han conspirado contra sus propios ciudadanos. Entre bastidores han luchado “con uñas y dientes para hacer desaparecer los cargos contra los tres militares”, implicados en el asesinato de José Couso mientras mentían a sus familiares. Lo hemos leído en los papeles del Departamento de Estado de Estados Unidos filtrados por Wikileaks que deja a nuestros políticos y fiscales desnudos moralmente.
Sí, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, la ex vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, el ex ministro de Justicia, Juan Fernández López Aguilar, el ex ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, el fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido y el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza.
Sí, todos ellos conspiraron para sepultar el caso Couso bajo un manto de silencio. Se me ocurren palabras muy duras para denominar estos comportamientos. Pero la elegancia de un acto como este sólo me permite llamarles cobardes. Eso sí, COBARDES con mayúsculas.
Señoras y señores.
Podríamos repasar el mundo desde hace mil o cien años porque los seres humanos estamos emparentados con la guerra, la violencia y la muerte desde tiempos inmemoriales. Pero es suficiente con reflexionar sobre lo que ha ocurrido en las dos últimas décadas.
A finales de los años ochenta vivimos un ideal: el fantasma de una guerra nuclear comenzaba a desvanecerse mientras los descubrimientos médicos y tecnológicos permitían salvar a millones de seres humanos.
Los europeos, los mayores inventores y exportadores de monstruosidades como la esclavitud y el genocidio, superaban las dramáticas diferencias del pasado que habían provocado guerras permanentes y se dedicaban a crear un gran paraíso económico.
La carrera armamentística se frenó en seco y se comenzaron a solucionar los conflictos armados vinculados a la Guerra Fría. Aquellas guerras largas y sangrientas como la de El Salvador, Angola o Camboya daban paso a procesos de paz muy dinámicos que conseguían en días y semanas lo que había sido imposible en meses y años de negociaciones.
Era el tiempo de poner fin a los regímenes dictatoriales y corruptos y exportar la democracia entre nuestros excedentes. Era el tiempo de establecer reglas justas en nuestros intercambios comerciales.
Pero los acontecimientos se precipitaron. Las armas ya no obedecían a sus antiguos dueños, vinculados a los gobiernos de Estados Unidos, la ex Unión Soviética, Francia, Gran Bretaña o China, los más poderosos.
Ahora defendían intereses de jefecillos locales auspiciados por las antiguas potencias coloniales y muchos países se desangraban ante la inoperancia y la hipocresía de los gobernantes más poderosos en los Balcanes, Oriente Medio y Lejano y, sobre todo, en África.
Los periodistas estamos obligados a documentar los dramas humanos. Tenemos que sentir el dolor de las víctimas si queremos transmitir con decencia.
Ryszard Kapuscinski escribió que “el reportero tiene que vivirlo todo en su propia carne” en “Los cínicos no sirven para este oficio”, uno de los mejores manuales sobre periodismo que existen. También afirmaba que “es erróneo escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un poco de su vida”.
En otro de sus grandes libros, Ébano, que transcurre en África, reflexionó sobre esa costumbre de los medios de comunicación de amontonar los muertos en cifras anodinas y de hablar de “morir en masa” cuando “el hombre siempre muere solo”.
A veces me preguntan por mi fotografía preferida. Podría elegir una que muestra las ruinas de la biblioteca de Sarajevo atravesada por un haz de luz que se cuela por una rendija de la techumbre derruida.
Podría elegir una que representa dos mutilaciones al mismo tiempo, la del niño al que le falta una pierna y un ojo por culpa de la explosión de una mina antipersona junto a su madre tapada de pies a cabeza con el tradicional burka afgano.
Podría elegir la de una niña sudanesa que mira a mi cámara y a mi conciencia con una calma que duele mientras agoniza en un campo de desplazados en el sur de Sudán.
Podría elegir cientos de imágenes.
Pero creo que mi mejor fotografía todavía no la he hecho. No pienso en una asombrosa imagen que dé la vuelta al mundo. Me gustaría mostrar la dignidad, más un concepto que una situación, algo muy difícil de resumir en una imagen.
Cuando alguien sufre o agoniza es muy fácil fotografiarlo. Resulta incluso fotogénico. Y hay recursos retóricos que se utilizan a menudo: niños rodeados de moscas, hombres con miradas perdidas mientras mueren, seres humanos reconvertidos en esqueletos andantes.
Creo que los que sufren y los que mueren tienen derecho a nuestro respeto. Han podido perderlo todo, incluida la vida, pero nadie tiene derecho a arrancarles la dignidad.
Ser capaz de mostrarla, de fijar la emoción de un instante límite y, al mismo tiempo, documentarlo se ha convertido en mi asignatura pendiente.
La única verdad incuestionable de las guerras son las víctimas. El mundo del Dolor se parece a un océano sin límites. Sus protagonistas forman un interminable ejército de muchos ceros condenados al anonimato.
¿Por qué los países más ricos son los más pobres? La respuesta es fría como el hielo: buitres carroñeros, que se presentan ante sus sociedades opulentas como decentes hombres de negocios, roban sus riquezas y corrompen a sus gobiernos.
Se llevan los diamantes, el petróleo y el coltan y dejan armas para que los más pequeños jueguen a matarse.
Si la corrupción es perseguida en nuestras sociedades, por qué permitimos que nuestras multinacionales utilicen la corrupción para sacar mayores beneficios. Si buscamos paliar el sufrimiento en nuestros hospitales por qué no impedimos el genocidio o la persecución étnica.
Los señores de la guerra protegen sus intereses mientras los soldados extranjeros apuntalan su poder. Todo sigue igual desde hace 30 años en países como Irak, Colombia, República Democrática del Congo o Afganistán tal como han explicado Eman Ahmad, Eduardo Márquez, Caddy Adzuba y Mònica Bernabé, mis predecesores en la lista de ganadores del Premio Internacional Julio Anguita Parrado.
Las armas son cada vez más ligeras. Los fabricantes tienen interés en abaratar costes y reducir la edad de los combatientes. Los comandantes saben que los niños se entusiasman con los juegos bélicos. Los soldados infantiles no replican cuando se les da una orden y son fácilmente sustituibles.
Nuestros hijos de 13 años serían combatientes en muchos países africanos. Actuarían como hombres y matarían por el control de una esquina. Aunque no sabrían responder a una pregunta simple: ¿Por qué mi país está en guerra?
Los varones son privilegiados. Las niñas de sus mismas edades son violadas por sus jefes, utilizadas como esclavas sexuales, marcadas para siempre por el odio y la enfermedad.
Si tienen suerte morirán muy jóvenes. Si no, el sida les tenderá la mano durante algunos años. La ignominia total: son esclavas sexuales durante la guerra y prostitutas cuando se alcanza la paz y se produce el desembarco masivo de los extranjeros. En los países golpeados por la violencia los blancos casi siempre huelen a dólares y colonia de lujo.
Pueden ser iraquíes, colombianos, congoleños, afganos, somalíes, costamarfileños, libios. Fueron, en años anteriores, guatemaltecos, ex yugoeslavos, camboyanos, angoleños.
Todas las guerras obedecen a causas importadas. Hay guerras porque la voracidad y la depredación están presentes en todas las transacciones económicas entre las grandes multinacionales y los pequeños países del Tercer Mundo.
Hay guerras porque los mismos gobiernos que patrocinan la declaración universal de los derechos humanos en su territorio nacional lo violan sistemáticamente cuando se trata de defender sus intereses estratégicos.
Hay guerras porque la venta de armas es un negocio con grandes márgenes de beneficios. Hay guerras porque España ha exportado armas a países víctimas de conflictos eternos durante todos los gobiernos desde el inicio de la transición en 1977.
Y este bochornoso negocio se ha cuadriplicado desde 2004, desde la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero, el gobernante que más ha instrumentalizado y pisoteado la palabra paz, que, incluso, ganó aquellas elecciones gracias al estado de opinión creado contra la guerra de Irak y los errores cometidos por José Maria Aznar.
Ojalá fuese una broma lo que estoy diciendo pero no lo es: han cuadriplicado las ventas de armas en seis años y no se les ha caído la cara de vergüenza.
Hagamos un gran libro de los muertos, de las víctimas de tantas guerras inútiles e inconclusas. Un libro tan pesado como los presupuestos de todos los estados juntos y presentémoslo a la humanidad.
A partir de ese día el mundo comenzará a cambiar porque la visión total de todas estas biografías inacabadas nos obligará a dar un grito definitivo contra el cinismo de nuestras instituciones gubernamentales, el obsceno manejo de los asuntos internacionales y el bochornoso comportamiento de nuestros políticos y diplomáticos cuando se trata de paliar el sufrimiento.
Muchas gracias
Discurso pronunciado por Gervasio Sánchez el 7 de abril de 2011 durante la entrega del Premio Internacional Julio Anguita Parrado.
Publicado el abril 11, 2011 por Gervasio Sánchez en la web de Heraldo de Aragón. (http://blogs.heraldo.es/gervasiosanchez/)
Mas información : http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=619543
http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=629684
PEIO H. RIAÑO MADRID 03/04/2011

La convocatoria del periódico ilustrado de los trabajadores tuvo cierto éxito y a partir de ese momento cada número incluiría reportajes de los obreros fotógrafos retratando sus propias miserias y alegrías. Ese material es el corazón que late entre los más de mil documentos, entre fotografías, revistas, libros y películas, que Jorge Ribalta ha reunido en su comisariado de Una luz dura, sin compasión. El movimiento de la fotografía obrera. 1926-1939, que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía inaugura el próximo miércoles.
La revista alemana AIZ impulsó en 1926 el retrato de la miseria social
«La intención es crear un relato que explique cómo se constituyeron espacios públicos mediante la fotografía documental proletaria», explica Ribalta y señala la elevada condición de denuncia social con la que nacieron estas visiones, que no han tenido un lugar dentro de la historia de la fotografía. Junto a las fotos anónimas de los obreros, aparecen los reportajes de fotógrafos como Tina Modotti, Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, Paul Strand, Gerda Taro, Aaron Siskind, John Heartfield o Eugen Heiling, entre tantos otros.
La exposición se divide en tres grandes secciones que narran la evolución del movimiento en Alemania y la Unión Soviética, germen de esta iniciativa; el desarrollo por Europa y Estados Unidos, y el compromiso internacional en España, donde, a pesar de que no hubo publicaciones ilustradas que fomentaran esta fotografía, sí se produjo un importante flujo de fotógrafos extranjeros que trajeron las claves del mismo.
Junto a fotos de anónimos, hay obras de Modotti, Capa y Taro
«La fotografía se ha convertido en una herramienta de propaganda extraordinaria e imprescindible en la lucha de clases revolucionaria», escribe en 1930 el director de la Kommintern o Internacional Comunista, Willi Münzenberg, principal promotor e innovador en los medios de comunicación de la izquierda europea desde 1921. Münzenberg creó el emporio editorial NeuerDeutscher Verlag, desde el que impulsó publicaciones como la citada e influyente AIZ (Arbeiter Illustrierte Zeitung, Revista ilustrada de los trabajadores) o Der Arbeiter Fotograf (El trabajador fotógrafo).
«Así como los trabajadores de los países capitalistas han aprendido a redactar ellos mismos sus periódicos, así deben aprender los fotógrafos aficionados, el proletariado, a manejar la cámara y a servirse correctamente de la fotografía para la lucha de clases internacional», dejaba dicho Münzenberg en el escrito mencionado.
Era necesario reflejar toda la aspereza en su repugnante fealdad
Desde la mitad de los años veinte hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el género documental obrero creció como práctica colectiva, anónima, hecha para circular en medios de masas, no en el campo artístico. Prácticas revolucionarias que promovieron el arte al servicio del proletariado.
Jorge Ribalta define esta exposición como «arqueología del documento gráfico», porque nunca antes se había investigado sobre estas ruinas de la fotografía documental relacionada con la revolución obrera, que a la postre significaría la base de otras experiencias realmente diferentes. «En EEUU, sería imposible montar una exposición como esta y en Alemania sería un asunto muy espinoso. El comunismo, como el nazismo, sigue siendo un asunto tabú», explica.
Contra los «gastrónomos de la fotografía», que reproducían la fotografía artística en favor de los valores estéticos burgueses, en la Unión Soviética también surgió con fuerza el documento que cumplía una función social y pública gracias al desarrollo de las publicaciones ilustradas comoSovetskoe Foto. El discurso formalista era arrinconado y en el polo opuesto destacaban las estampitas obreras de Walker Evans, que hizo de sus bellas postales paternalistas del obrero su motivo principal, y del sujeto retratado una víctima que necesitaba la caridad del Estado. «Es el modelo de la revista Life«, apunta Ribalta.
«Sería imposible montar en EEUU una exposición así2, dice el comisario
Evans fue consecuencia de la despolitización que sufrió el género documental tras la Segunda Guerra Mundial, con la llegada de la represión de la experiencia comunista dirigida por McCarthy en el poder. De esta manera, el movimiento internacional de fotografía obrera, que se había agotado prácticamente en 1933, se muestra incapaz de volver a surgir. La prestigiosa Photo League, que parte de un interesante movimiento cultural patrocinado por la Internacional Comunista, es prohibida en 1951 por el presidente estadounidense. La represión hace que fotógrafos como Paul Strand huyan a Francia. Pero es el propio estalinismo el que empeñó sus mejores armasen perseguir una fotografía que dejó de favorecerle.
Tal y como puede leerse en las palabras de Edwin Hoernle, colaborador habitual de Der Arbeiter Fotograf y una de las voces más respetables del núcleo duro del movimiento alemán, era necesario retratar toda la aspereza. Sin compasión, «en toda su repugnante fealdad», denunciando a la sociedad y pidiendo venganza. Era necesario mostrar «las cosas como son, con una luz dura, sin compasión».
La práctica cercana al fotoperiodismo comprometido con el obrero dejó de ser una ingenua actividad para convertirse en una feroz molestia. Había que matarla. «Es un documental que fomenta el espíritu de revuelta y la insumisión. Esta es la historia prohibida y olvidada», añade Ribalta sobre esta experiencia obrera. Con un discurso claro y contundente, el recorrido reivindica la historia de la imagen de la víctima, vista por sí misma. Sin lamentos ni compasiones.
vía A la luz de una fotografía sin compasión – Público.es.
Otro artículo sobre la exposición….
Una luz dura, sin compasión. El movimiento de la fotografía obrera, 1926-1939, cuando la fotografía era un arma en la lucha de clases
¿Qué se debe fotografiar?: una exposición impresionante
| Una luz dura, sin compasión. El movimiento de la fotografía obrera, 1926-1939, cuando la fotografía era un arma en la lucha de clases ¿Qué se debe fotografiar?: una exposición impresionante |
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«Donde no hay cámaras no existe la historia, pero sucede a veces que las cámaras muerden y mastican más historia de la que pueden tragar, son incapaces de digerir dos grandes tragedias simultáneas. Le pasa también al cuerpo humano: nunca duelen dos cosas a la vez. En el cerebro se concentra el dolor principal, que anula todos los demás. Estos días las cámaras se están volviendo locas a la hora de elegir entre el maremoto de Japón y la insurrección de Libia. Mientras devoraban primero la tragedia nuclear de Fukushima, donde el rabo ardiente de Satanás comenzó a liberar ponzoña radiactiva, el tirano Gadafi bombardeaba a su pueblo impunemente a mansalva sin testigos. Las cámaras se hallan indecisas todavía. La revuelta de los países árabes tiene una estética de botellón. Es la revolución de Internet. Por primera vez la información, que a lo largo de la historia había sido manipulada siempre desde arriba por el poder, es generada hoy desde el fondo de la sociedad cohesionada a través del móvil. Con solo agitar un dedo sobre un ínfimo teclado en tres segundos se puede mandar para consumo de todo el planeta la imagen de un niño destripado por un misil amigo o enemigo, y bastará ese mensaje para que los internautas, los nuevos protagonistas de la historia, convocados a una plaza para beber litronas y bailar el rock sean invitados a levantarse en armas contra los tiranos, pero su cólera puede disolverse como una llamarada en el vacío y quedar en nada……
Fuerza, determinación, coraje serían los títulos de estas fotos, el corredor se movió con soltura entre toda la masa de atletas que tomaron la salida, se fue destacando, le echo ganas y fuerza para subir la cuesta de la Gran Vía y entró entre los primeros con un tiempo magnifico.
Se destacó entre los dos mil corredores que participaron en la Media Maratón Ciudad de Murcia, que se celebró el 13 de Marzo de 2011 .
No entró el primero, sus piernas no se lo hubieran permitido, pero entró con un tiempo excelente, entre los primeros, su coraje lo consiguió.
Escapar de Libia, es un reportaje de Carlos Spottorno que no necesita texto para explicar el drama de las personas que huyen de Libia.
El mismo Carlos Spottorno escribe sobre ello en el reportaje El Refugiado desconocido, en Fronterad, os lo recomiendo, su mirada reflejada en su escritura…