Cinco fotos y una guerra, por Ramón Lobo

Robert Capa: si tu foto no es lo suficientemente buena es que no estás lo suficientemente cerca. Lo dijo el padre de la fotografía moderna de guerra, título que comparte junto a otros muchos que demandan y merecen ese mérito. Si tu texto no es lo suficientemente bueno no se lee, se pierde. Si tu texto no es lo suficientemente bueno es que no estás dentro de lo que está pasando, dentro física y emocionalmente.

Informamos, es verdad, pero también debemos conmocionar, molestar; unos con las palabras, otros con las imágenes. En Libia se han reunido los mejores fotoperiodistas y gracias a ellos disponemos de una mirada propia, independiente, alejada de las propagandas. Más allá del gran trabajo de mis compañeros en las revueltas árabes –Gorka Lejarceji, Claudi Álvarez, Uly Martín y Bernardo Pérez– quiero centrarme en el trabajo de los fotógrafos de agencia, los grandes desconocidos, los grandes silenciados, a los que no siempre se les da el crédito que merecen. Son los que más arriesgan todos los días, para que el lector tenga la foto que habla, la que explica y trasciende. He escogido cinco. Cada una narra un aspecto de la guerra, todas juntas narran la guerra entera.

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Refugiado bangadesí en Ras Ajdir, frontera tunecina. / EMILIO MORENATTI (AP).

Un hombre sentado sobre sus pertenencias. Su vida pasada y la futura envuelta en unos hatillos. Debe de hacer frío porque calza guantes y gorro de lana. Sus manos, la caída de los hombros, como si pesaran, son símbolos de una derrota, tal vez temporal. La bolsa de plástico que está en primer plano lleva escrita una leyenda que si alguna vez tuvo sentido ahora resulta un sarcasmo: win a luxury car. El hombre es un bangladesí que emigró a Libia en busca de fortuna, la fortuna de trabajar y mandar una parte de su sueldo a casa. Le pesan tanto los hombros porque su derrota es colectiva, de toda su familia. Es la derrota de sus sueños. Las tiendas de lonas azules representan la provisionalidad, que a veces dura siglos, como en el caso de los palestinos. Al fondo, hombres de pie, con las manos en los bolsillos. No sé si el campamento tiene nombre propio, pero podría llamarse Campamento Melancolía. Emilio Morenatti, fotógrafo español, tiene un estilo reconocible. Sus colores, el manejo de la luz, la emoción que transmiten sus figuras, como el hombre de la derecha que dejó de dormir; ahora, solo observa al fotógrafo intruso que les fotografía.

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Un rebelde libio dispara una granada cerca de Ras Lanuf. / JOHN MOORE (GETTY IMAGES).

El hombre que disparara ocupa el centro de la imagen. Aún mantiene sobre el hombro el lanzagranadas. Parece disecado. El humo que lo envuelve indica que el disparo se ha producido unos segundos antes de que Moore apretara el otro gatillo, el de su cámara. Tal vez es una foto que nace de una ráfaga de fotos. No es suerte, es saber estar allí, detrás de un hombre que dispara muerte y muerte puede recibir como respuesta. La figura que se adivina a la derecha equilibra y nos transmite que la guerra no es un acción solitaria. Los hombres solitarios nunca ganan las batallas. Así es el periodismo: un trabajo colectivo de gente individualista. El humo desborda el encuadre y transmite dramatismo; humo blanco, humo negro, humo gris, todas las tonalidades de la muerte. Un humo que se tose. El único color brota del suelo, es color arena, color polvo, otro de los colores de la muerte, del enterramiento.

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Ras Lanuf. / GORAN TOMASEVIC (REUTERS).

Tomasevic es un fotoperiodista que siempre está muy cerca, a veces demasiado cerca. En esta foto no hay acción; nadie dispara, nadie muere, nadie sangra. En primer plano cajas, cintas de balas, municiones que alimentan la máquina de guerra que preside la imagen. No soy experto en armas, pero parece un antiaéreo. Un hombre sentado en él aguarda la llegada del enemigo, del aviso, del ruido que antecede a la explosión. No cuenta con tecnología, con alarmas tempranas, solo tiene su instinto y su suerte. Aparecen seis figuras, cuatro a la derecha y dos a la izquierda. Ninguno parece tenso, ninguno vigila. Los vehículos aparcados proyectan una imagen poco profesional, como si matar o vivir fuese un trabajo de fin de semana, de excursionistas. Así era en Mostar y la Herzegovina en los años noventa: los fascistas croatas iban a matar turcos cada domingo. La fotografía transmite una cierta desolación, soledad. El hombre del antiaéreo está solo, como lo están los rebeldes que enfrentan a Muamar el Gadafi. Solo cuentan con palabras. Palabras de apoyo frente a aviones que matan.

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Dos manos, la que no pudo hacer nada y la de quien murió. / TARA TODRAS-WHITEHIL (ASOCIATED PRESS).

Fotografiar la muerte, ver la muerte, resulta inquietante. Al reportero que escribe no le protege la palabra, queda expuesto al dolor, al miedo, al vacío; al fotógrafo le protege la lente, que sirve de muro, de defensa. A veces lo fotografiado se duplica en el cerebro y queda instalado allí para siempre. Fotografiar la muerte representa una desafío ético. ¿Una buena foto embellece el horror? El límite moral siempre es el respeto a quien se fotografía. Tara es de las mejores, de las honestas. En esta foto solo aparecen dos manos. La de un médico libio que sostiene y la de un hombre que murió en la batalla cerca de Ras Lanouf. No hay rostros ni muecas de muerte: ojos cristalinos, boca entreabierta, dientes manchados de sangre. Solo manos tranquilas que transmiten paz, respeto. La mano del médico se protege con un guante de goma, es el uniforme, su barrera contra el horror, su muro interior.

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La bandera de la revuelta. / ASMAA WAGUIH (REUTERS).

Otra foto de soledad. En esta no hay antiaéros ni coches para guerrear un poco y seguir el camino; solo ve a un hombre de rodillas con los brazos abiertos y una bandera al viento. Es también una imagen de desamparo, de olvido. Parece que hace señales a los que le abandonaron. Quizá sea otra forma de enfrentarse a los aviones de Muamar el Gadafi: sin armas, sin balas sin cajas con cintas de balas, solo con una bandera tricolor y la dignidad. También es la imagen de una persona que busca el socorro divino. Un hombre solo ante todos los dioses. Las nubes son blancas, casi grises, pero no son aún nubes de lluvia, de tormenta. Los dioses se aparecen bibilicamente entre rayos y centellas. La espera de Dios es la espera a Godot. Este hombre deberá ponerse en pie por sus medios y caminar. Esta foto de Asmaa Wahuihtiene movimiento aunque la protagonice un hombre quieto, casi estatua de asfalto, como un guijarro. Un hombre quieto que no vuela.

http://blogs.elpais.com/aguas-internacionales/2011/03/cinco-fotos-y-una-guerra.html

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